Avatar de James Cameron - Publicado: ene 17, 2010
Hay películas que marcan hitos en la historia del cine fantástico. 2001 fue una. Star Wars, otra. Mucho nos tememos que Avatar no sea una de ellas. O quizás si, en cierto sentido, ya veremos.
Hace años que veníamos oyendo que el director de la multipremiada Titanic, Aliens y las dos primeras –y mejores- películas de la serie Terminator estaba trabajando en una gran producción que iba a marcar un antes y un después en el cine de ciencia ficción. Cameron dispone de suficiente crédito como para que los aficionados estuviéramos atentos a su propuesta, como lo estuvimos con J.J. Abrahams y su ciertamente conseguida resurrección de Star Trek (algo que no era nada fácil, no nos engañemos).
Avatar es un derroche de tecnología y medios. Hasta ahora, las buenas películas de ciencia ficción se basaban en guiones originales, bien trabajados, para conseguir llegar a niveles de excelencia bien elevados, y los efectos eran un complemento perfecto. Con Avatar eso no parece haber sido necesario. Los efectos especiales son especialmente satisfactorios y la ambientación del planeta Pandora es tan verosímil que uno tiene que mirar de tanto en tanto a su alrededor para comprobar que sigues en la butaca del cine. Cameron, avanzándose a los cambios que Internet está provocando en la industria cinematográfica, apuesta por el camino 3D para atraer a los espectadores a las salas de exhibición. Y el resultado, hay que reconocerlo, es brillante. No importa que tenga un argumento excesivamente plano, de escaso interés, que haya canibalizado diferentes novelas clásicas del género (Los dragones de Pern, El nombre del mundo es Bosque… son tantas que en Internet hay foros dedicados a buscar referencias en la película), o incluso que nos explique por enésima vez una historia de soldados e indios al estilo de Pequeño, gran hombre o Bailando con lobos. Es tanta la visualidad de la película que, tras algunos minutos intentando encontrar un argumento interesante, te dejas seducir por la orgía visual y te olvidas del resto.
Pero, desde el punto de vista de amantes del género, mucho nos tememos que Avatar no vaya a romper ningún molde. ¿Tanto hubiera costado aunar estos impresionantes efectos especiales con un buen argumento? ¿Tan secos están los guionistas de Hollywood? Echemos un vistazo a la historia:
En el año 2154 hay una explotación minera en el planeta Pandora, único lugar del Universo donde se ha descubierto el unobtanium, un mineral con una superconductividad tal que su precio en el mercado supera por kilogramo los 20 millones de dólares (¿en serio alguien se cree que el dólar norteamericano aún va a seguir siendo la moneda de referencia mundial en el 2154?).
Eso es más que suficiente motivo para que unos malvados terrestres desembarquen en Pandora para su explotación, sin reparar demasiado en los medios. En Pandora, un planeta en el que los seres humanos no pueden sobrevivir sin máscaras, viven los Na’vi, nativos inteligentes con aspecto de elfos gigantes de color azul integrados perfectamente en la ecología del planeta (un planeta, por cierto, con abundancia de peligros, como podrán comprobar nuestros protagonistas más adelante). Jake Sully (interpretado por un justito Sam Worthington) es un marine paralítico al que le ofrecen sustituir a su hermanos, fallecido, para incorporarse dentro de su avatar. Los avatares son cuerpos artificiales con apariencia alienígena a los que los humanos se transfieren para poder contactar con los na’vi tras los fracasos de los métodos, digamos, tradicionales. Son prototipos muy caros y personalizados según el ADN de su conductor, y es por eso que le ofrecen a Sully, sin haber sido adiestrado para ello, integrarse en la misión. La directora científica del proyecto, la Doctora Grace Augustine (una brillante Sigourney Weaver) intenta, a través del proyecto Avatar, establecer un contacto con los nativos y así conseguir que les permitan extraer el mineral con el menor perjuicio para todos (y con los mínimos costes, claro, tanto medioambientales como económicos). Por supuesto, está también el típico funcionario burócrata materialista que sólo desea obtener beneficios cuanto antes para marcarse puntos ante sus jefes y un militar que únicamente concibe una manera de tratar con los nativos: machacarlos. Sully en su avatar conoce a Neytiry (una bella Zoe Saldana) y entabla una tópica historia de amor, a través de la cual llega a profundizar en la civilización na’vi, sus costumbres, su forma de vida, perfectamente integrada en su entorno y en equilibrio con la naturaleza. Así ve el punto de vista nativo y como estos ven a los invasores alienígenas (oséase, a los humanos). Como puede comprobarse, un argumento que es un dechado de originalidad.
La película no carece de batallas, que tanto agradan al público general, con grandes efectos especiales, ni de aventura, aunque sea a costa de refritos, religiones baratas y mensajes ecologistas descafeinados, pero, insistimos una vez más, si se prescinde de todo ello y se centra el foco en el entorno, en esos increíbles planos con los banshees y los leonópteros volando entre montañas flotantes de las que caen impresionantes cascadas (gran homenaje a ese genial ilustrador que es Roger Dean, aunque parecen habérselo olvidado en los créditos. Otro más.), en ese planeta alienígena increíble, la experiencia bien merece el precio de la entrada. Ahora bien, de ahí a decir que se ha marcado un antes y un después en la historia del cine de ciencia ficción… nos tememos que media un abismo.
Resulta curiosa la última polémica del film: que el personaje que encarna Sigourney Weaver fume. Ha tenido que salir al paso el propio director diciendo que no es ningún modelo de conducta para los jóvenes, más bien el contrario. Justifica el mal humor de la doctora por el vicio que tiene. Sin palabras.
Una última recomendación: escoja un cine en 3D para verla. La película, por supuesto se puede visionar perfectamente en el sistema clásico, pero las tres dimensiones ofrecen al espectador unas sensaciones mucho más vívidas y placenteras. No olvide que esto es un gran espectáculo. Ni más ni menos.© 2010 Joan Manel Ortiz y Ricard de la Casa