Iglesia y cementerio El viento hacía que la sensación de frío fuera glacial. La nubes eran ominosas, como si estuviera a punto de llover, las luces cálidas ofrecían un contrapunto fantasmagórico a la vieja iglesia adscrita al cementerio. No se veía un alma (de las vivientes) y la sensación de paz se disfrutaba como pocas veces a pesar de la incomodidad de las bajas temperaturas.
Pensé en una lluvia, fuerte, intensa, como en las películas, que más que llover es una inundación para todos los sentidos. Tiempo para detenerse, no pensar y dejarse llenar por la serenidad del ambiente.
Es un lugar hermoso, justo mirando como las olas rompen incansables en las rocas que resguardan esos muros encalados de blanco del cementerio. Desde ese punto todos mis sentidos han gozado de uno de los amaneceres más bellos que he visto en mi vida y uno de los atardeceres más intensos de los que he disfrutado. Un caleidoscopio de naranjas, rojos, azules y turquesas mezclándose en intensidades imposibles.
Un lugar perfecto para esos que ya se fueron, que ya nos dejaron y que no pueden contemplarlo. Una contradicción que nos dice mucho de nuestra humanidad.